Considerando el interesante problema de la neurosis en la edad evolutiva, es necesario dejar bien sentado que en el niño, por las características intrínsecas y típicas de su edad, no se puede hablar de neurosis, sino de síntomas neuróticos, que se traducen en una gran variedad de conductas y comportamientos psicopatológicos que no suponen sin embargo una organización mental ya estructurada, aunque, sin las oportunas medidas, pueden evolucionar en dicho sentido.
La clasificación clásica de la neurosis del adulto, introducida por Sigmund Freud, en neurosis histérica, neurosis fóbica y neurosis obsesiva, no halla correspondencia en el ámbito pediátrico, porque el funcionamiento mental del niño no ha permitido aún las interiorizaciones de la relación objetual sin las cuales no tiene sentido hablar de neurosis.
En la edad evolutiva, el síntoma psíquico, sea cual sea, expresa un malestar o un trastorno en la relación con la madre, con personajes significativos o con el ambiente exterior; no obstante, se halla íntimamente ligado al conflicto como compromiso temporal y reversible; es una defensa útil pero débil; es una detención en el crecimiento psicológico que sirve para encontrar soluciones de adaptación mejores y más acordes a las necesidades continuamente cambiantes.
Se considera, por tanto, que el proceso de maduración del niño debe pasar necesariamente por momentos más o menos largos y agudos de neurosis, que constituyen la regla más que la excepción, donde la movilidad y la plasticidad del síntoma están en función del crecimiento del niño y de los remodelamientos de los instintos y de los impulsos característicos de cada fase evolutiva.

Sentimientos constantes son la ansiedad y la depresión, que representan las neurosis típicas de la infancia, en las que la ansiedad constituye un intento de superación del peligro, mientras que la depresión equivale a renunciar y a encerrarse en uno mismo.