CUANTO más pequeño sea el niño, tanto más fácil le será expresar una tensión o un malestar psíquico a través del lenguaje del cuerpo. La mímica facial, los gestos y la acción constituyen por tanto una especie de modalidad de respuesta natural y espontánea a los estímulos del ambiente externo.
El cuerpo y la motricidad desempeñan un papel fundamental en el desarrollo de la personalidad y en la construcción de una Identidad armónica. Para que ello pueda tener lugar, es necesaria la integridad de las vías motoras (piramidales, extrapiramidales y cerebelares) y la madurez completa de todas las estructuras y centros nerviosos que rigen la capacidad de coordinación motora.
La neuropsiquiatría infantil dice, en efecto, que “la adquisición de nuevas aptitudes motoras no puede separarse, por un lado, de la forma en la que el niño se representa y siente que actúa y, por otro lado, del modo en el que el ambiente acoge esta motricidad y acepta las modificaciones que pueden derivarse de ella”.