LA AGRESIVIDAD
UNO DE LOS MOTIVOS por los que la agresividad constituye un problema grave para el hombre moderno es la necesidad de limitar, de forma inevitablemente frustrante, su natural impulso explorador. Son demasiadas las cosas que el niño no debe hacer ni tocar y por estas restricciones se va acumulando en él agresividad reprimida.
¿PERMISIVOS O AUTORITARIOS?
El bebé, aunque inerme y dependiente de los demás, posee ya una personalidad propia, y toda su actividad consiste en una serie de intentos de afirmación de su individualidad. Creciendo y aprendiendo a arreglárselas solo, el niño tendrá la posibilidad de afirmar claramente sus características individuales, aunque para poder convertirse en una persona realmente “adulta” deberá ser capaz de huir de la dependencia de los demás. Dependencia y agresividad se hallan íntimamente ligadas entre sí y el niño alterna actitudes de exploración con otras de dependencia y de búsqueda de seguridad.
El niño necesita cierta autonomía para crecer de forma sana, para poder expresar normalmente sus impulsos. En efecto, cuanto más depende una persona de los demás, tanto mayor será su agresividad latente, porque depender de otra persona significa permanecer en su poder, significa ser incapaz de ocuparse de uno mismo, de gestionarse de forma autónoma. Éste es el destino de las personas que en la infancia han recibido una educación que daba un matiz de culpabilidad a todo intento de afirmación personal.
En la vida de todos ha habido gigantes a los que dominar y brujas a las que derrotar para poder crecer. No obstante, a la hora de educar a los niños, no hay que caer tampoco en el error opuesto, es decir, algunos padres tratan de evitar a los hijos cualquier frustración, otorgándoles la máxima libertad y creyendo que de esta forma suprimen cualquier manifestación de agresividad.
Los resultados de una educación permisiva son en cambio muy distintos a los esperados, y los niños que crecen en un clima de máxima Libertad y de tolerancia manifiestan signos de alteración emocional y de agresividad mucho más intensos que los sujetos a una educación más firme.
En efecto, si los padres no afirman nunca su identidad, sino que secundan siempre toda pretensión del hijo, éste podrá presentar dos reacciones. Se convencerá de que es omnipotente y de que tiene derecho a la satisfacción de cualquier capricho pasajero y, creciendo, tendrá tales pretensiones en relación a los demás que nunca se hallará satisfecho.
Una segunda posibilidad es que empiece a creer que toda forma de afirmación es equivocada, que no existen razones para hacerse independiente y, al crecer, será incapaz de establecer una verdadera relación emocional con los demás y mantendrá una situación de dependencia.
Además, el padre que no manifiesta nunca un comportamiento agresivo no da sensación de seguridad al niño, porque hace que se sienta indefenso, en poder de sí mismo, en relación tanto al mundo exterior como a sus propios impulsos internos. Ello no significa por supuesto que sean necesarias una disciplina férrea y un rígido autoritarismo, sino que el niño, para poder sentirse seguro, debe estar convencido de que sus padres se hallan en condiciones de protegerlo y se lo demuestran con firmeza.
El desahogo normal de la agresividad requiere además cierta oposición por parte del mundo externo, y un padre demasiado permisivo no ofrece al hijo ningún obstáculo contra el que luchar, ninguna justificación al empuje innato hacia la independencia; cuando no existe forma alguna de oposición externa, la agresividad del niño tiende a volverse hacia dentro, convirtiéndose el pequeño en un ser melancólico y apático, pero con explosiones de ira violenta.
Jugar con nuestros hijos no es sólo un agradable pasatiempo, sino un observatorio privilegiado para valorar los aspectos más recónditos de la personalidad.