LA INTELIGENCIA
LA INTELIGENCIA se define como la actividad que permite al ser humano aprender, conocer, utilizar su saber, crear, adaptarse al mundo y controlarlo. El desarrollo cognitivo del niño contempla cuatro fases que van de la inteligencia “sensorial” a la capacidad de abstracción.
Cuando viene al mundo el niño se halla aún en un estado inmaduro e incompleto, tanto física como psicológicamente, es totalmente dependiente y necesita de todo; no obstante, posee ya como patrimonio innato todas las potencialidades necesarias para sobrevivir y convertirse un día en una persona.
A la herencia genética se suma otra importante riqueza, “el legado cultural”, que el niño aprenderá a hacer suyo en la confrontación y el intercambio con todos aquellos que se acercarán a él durante su crecimiento. El bagaje de la experiencia común, creado en el largo y complejo camino de la evolución humana, ha llevado al individuo a servirse de la palabra para comunicarse, a desarrollar el pensamiento para aprender y a realizar nuevos descubrimientos e invenciones que le han permitido dominar mejor su entorno, el mundo.
LAS ETAPAS DEL DESARROLLO COGNITIVO
. El psicólogo suizo Jean Piaget trazó las líneas esenciales del desarrollo intelectual, subdividido en cuatro periodos que se suceden y en el que el acceso al estadio siguiente requiere necesariamente la superación y la integración del anterior.
Así pasamos de la inteligencia sensorial del primer año de vida, caracterizada por un esquema de acción en el que los comportamientos se modifican en sentido cualitativo y cuantitativo en un juego de asimilación y acomodación, al periodo preoperativo, que dura hasta los seis años y en el que el niño, a través de la imitación, desarrolla la función simbólica o bien la capacidad de representación mental de un objeto incluso sin que éste sea percibido como real.
El periodo siguiente es el de las operaciones concretas (siete-doce años); es el momento en el que el niño amplía y enriquece su capacidad intelectual, separándola ahora del egocentrismo anterior, aunque siga valiéndose de la intuición y de la acción.
El largo y fascinante recorrido se completa en la adolescencia con la operación formal: no se da ya preferencia sólo al dato real, sino que ahora se puede razonar por hipótesis y probabilidades, aceptando las contradicciones intrínsecas del sistema.
Hay que añadir que la capacidad intelectual del niño se ve condicionada no sólo por la herencia genética y biológica, sino también por el ambiente socio-cultural, así como por la calidad de las relaciones afectivas.