LA ESQUIZOFRENIA 3
EL TRATAMIENTO de la esquizofrenia se basa en la utilización de fármacos, que en general determinan una mejoría sintomática, y en la psicoterapia, que trata de esclarecer las causas primeras del trastorno a partir de las relaciones familiares.
Los mejores resultados se obtienen cuando se asocian ambos tratamientos.
TRATAMIENTO FARMACOLÓGICO
La terapia de ataque o inicial, reservada a las situaciones de crisis y de hiperproductividad delirante y alucinatoria, utiliza los neurolépticos (particularmente la clorpromacina o levopromacina o promacina) cuando predominan la agitación y la angustia, y los neurolépticos sedantes (haloperidol) cuando la agitación es especialmente intensa y, junto a la actividad delirante, existe un fuerte componente alucinatorio.
La terapia farmacológica de mantenimiento se realiza en algunos casos con el neuroléptico más adecuado (fenotiacina o butirofenona), en forma de dosis reducidas en comparación con la terapia de ataque, aunque la tendencia actual sugiere un uso mucho más prudente de los neurolépticos como terapia de mantenimiento, tanto por los riesgos tóxicos como por los efectos colaterales discinésicos tardíos. Se consideran más convenientes la reducción o la suspensión del neuroléptico, una terapia concomitante de apoyo psicológico y la comprobación de la necesidad o no del fármaco en la fase de mantenimiento.
Probablemente se han valorado con excesivo énfasis el descubrimiento y la utilización de neurolépticos de acción retardada (decanoato de flufenacina o de haloperidol), que a menudo se han revelado de utilidad más por su modalidad de administración (una o dos inyecciones mensuales) que por su eficacia real. Ciertamente su uso no puede generalizarse y extenderse como parecía en un principio. Por otro lado, existe cierta tendencia, aunque no unánimemente reconocida, a sustituir el tratamiento combinado con varios fármacos (en las fases agudas y de mantenimiento) por el tratamiento con un solo fármaco y sobre todo a no combinar categorías distintas de psicofármacos, en un intento de utilizarlos no sólo como forma de tratamiento sintomático.
TERAPIA PSICOLÓGICA
En definitiva Freud desaconsejó la utilización de la psicoterapia en pacientes esquizofrénicos, al considerar difícil el establecimiento de una “transferencia”, dado que la libido del esquizofrénico se aparta de los objetos externos.
Serían los discípulos de Freud quienes profundizarían en este campo, llegando incluso a invertir en el caso de los pacientes esquizofrénicos ese concepto freudiano según el cual el significado y el resultado de la terapia se perciben en el momento en el que “allí donde estaba el Yo, debe aparecer el Ello”.
Para muchos autores el objetivo de la terapia en los esquizofrénicos radica en el establecimiento de unos límites normales del Yo, para que “donde estaba el Ello, aparezca el Yo”. Según algunos psiquiatras, el esquizofrénico no está conforme con su aislamiento y se muestra abierto a reemprender relaciones interpersonales, siempre que encuentre a alguien en quien confiar y que sepa destruir la desconfianza crecida en él a causa de sus primeras relaciones interpersonales. Reproducimos a continuación esquemáticamente algunos principios fundamentales de la técnica psicoterapéutica:
• Cuando el paciente acude al terapeuta se siente inaceptado e inaceptable, se muestra desconfiado y receloso. El terapeuta debe trabajar para hacerle entender que ya no está solo, que se le acepta como persona. La terapia ha de ofrecer “una relación de seguridad superior a cualquier otra relación anterior”, “una forma concreta en que el paciente pueda creer en el mundo y en sí mismo”.
• La “contratransferencia” se convierte en elemento esencial del tratamiento de la esquizofrenia; el terapeuta debe limitarse a tratar a aquellos pacientes hacia los que experimenta sentimientos positivos y en los que pueda ver una exasperación de sus propios conflictos no resueltos.
• El terapeuta ha de ser coherente, partícipe y capaz de comunicar al paciente su dulzura y su fuerza.
• El terapeuta debe estar en condiciones de entender que la hostilidad que el paciente dirige hacia él está mal orientada, es decir que en realidad no está dirigida contra el terapeuta sino contra lo que éste representa.
• Si el terapeuta tiene miedo al paciente, es conveniente que no continúe el tratamiento.
En efecto, es muy difícil bloquear una espiral que para el paciente supone cada vez mayor desconfianza y hostilidad.
• El terapeuta debe “comunicar” al paciente el carácter no simbiótico de su relación, que es en cambio una relación que le permitirá madurar.
• El paciente no debe usar el diván, sino sentarse junto al terapeuta.
• La media de sesiones debe ser de tres a la semana.
• Se debe exigir una rigurosa puntualidad, que tiene por objeto establecer límites y reorganizar la vida confusa del paciente.
• La duración de la sesión debe ser de 40-45 minutos.
• El terapeuta debe fundamentalmente saber escuchar y no plantear preguntas directas.
• Sólo cuando la ansiedad del paciente haya disminuido gracias a la relación con el terapeuta, será posible interpretar y explicar al paciente cómo se concretiza y simboliza.
• En resumen, es sin duda más difícil establecer unas reglas concretas a las que atenerse escrupulosamente cuando se trata psicoterapéuticamente a un paciente psicótico que cuando se trata a un paciente neurótico.